Colombia 2026

La camiseta que se convirtió en un símbolo de rebeldía

Hay cosas que uno nunca planeó comprar. Esta era una de ellas. Y sin embargo, ayer la pedí por internet desde el exterior, después de hacer pesquisas para averiguar cuál era la oficial de 2026. Porque el fútbol no está entre mis hobbies. Pero la libertad, sí.

Que conste en actas: no soy futbolera. Nunca lo he sido. El fútbol para mí ha sido siempre ese ruido de fondo que llega cada cuatro años, lleno de una fe que desafía los resultados. Una religión masiva que yo respeto desde afuera, como quien ve pasar una procesión sin sentir el llamado.

Y aun así, ayer me encontré en internet comparando modelos, verificando cuál era la camiseta oficial —la oficial, no una réplica— de la Selección Colombia 2026. Con la seriedad de alguien que investiga una decisión importante. Porque lo era.


Todo empezó, como tantas cosas absurdas en Colombia, con una decisión que alguien tomó convencido de que era razonable.

En el contexto de unas elecciones presidenciales que se han tomado muy en serio el arte de la crispación permanente, uno de los candidatos empezó a aparecer con la camiseta puesta. No en un partido. No como estrategia de comunicación. Como lo que es: un hombre que ama su país y que lo lleva encima.

Porque hay algo que vale la pena recordar de este candidato. Tenía la vida resuelta. Vivía en la Toscana —sí, en las idílicas montañas de la Toscana, rodeado de vinos, de buen comer, de ese clima que los italianos dan por descontado y el resto del mundo envidia. Tenía la vida hecha, el horizonte tranquilo, el tipo de existencia que muchos colombianos sueñan en silencio.

Y decidió volver.

No porque le tocara. No porque no tuviera opciones. Sino porque Colombia, que no suelta a los suyos aunque ellos se vayan lejos, lo llamó de alguna manera. Volver a meterse en el barro, en el ruido, en la amenaza permanente que implica hacer política en un país donde hacer política puede costarte la vida. Poner en riesgo su seguridad y la de su familia por una tierra que lo vio nacer.

Ese hombre usa la camiseta de la Selección. ¿Alguien esperaba que no lo hiciera?

La camiseta de todos. La que está en cualquier tienda de deportes del país. La que no le pertenece a nadie en particular precisamente porque les pertenece a todos.

Y alguien —siempre hay alguien— decidió que eso no podía quedar así.

Se consultó a la Federación Colombiana de Fútbol con la solemnidad de quien somete un asunto de Estado al Consejo de Seguridad de la ONU. La respuesta fue de una lógica aplastante: cualquier persona que tenga dinero para comprarla puede usarla. Una afirmación tan elemental que en cualquier democracia con el pulso más o menos estable habría cerrado el debate antes de que empezara.

Pero no.

Colombia tiene una capacidad extraordinaria para convertir lo evidente en campo de batalla. Es un don. Un don terrible, pero un don.

Se presentó una acción legal. Y en un giro que ningún guionista habría aceptado por demasiado obvio, una jueza dictó medida preventiva: el candidato no podía usar la camiseta. Una prenda deportiva. Con colores nacionales. Vendida libremente en cualquier almacén. Declarada, con el peso de un despacho judicial, objeto de riesgo para el orden público.

Una camiseta. Peligrosa. En Colombia. En 2026.


Y ahí ocurrió lo que siempre ocurre cuando alguien, en un impulso de autoridad mal calibrada, decide decirle a la gente lo que no puede ponerse: la gente se la pone.

La calle respondió. No organizada, no convocada, no coordinada por ningún comité ni estrategia. Respondió con ese viejo reflejo que aquí tiene una textura particular: mirar la prohibición, levantar una ceja, y decidir en silencio — ah, ¿sí? pues ahora la uso yo.

Aparecieron camisetas en balcones. En oficinas. En personas que, como yo, jamás habían considerado la posibilidad de comprar una. No por fútbol. No por partido. Sino porque de pronto llevarla puesta era la respuesta más clara y más limpia a una pregunta que no debería tener que hacerse en ninguna democracia: ¿todavía podemos elegir qué ponernos?

Eso es la libertad cuando la amenazan: deja de ser un concepto abstracto para los discursos y se convierte en algo que se puede tocar, que se puede lavar, que se puede poner encima del cuerpo como una declaración de principios cosida en tela.


Yo estoy en el exterior. Veo lo que pasa en Colombia con esa mezcla de distancia física y cercanía visceral que conoce bien cualquier colombiana que vive fuera. Y cuando vi lo que estaba pasando, algo se me movió.

No me pregunten cuándo fue el último partido que seguí. Pero sí recuerdo exactamente el momento en que abrí el buscador y escribí: camiseta oficial Selección Colombia 2026. Con toda la seriedad del mundo. Investigando, verificando, asegurándome de que fuera la oficial —porque si iba a hacer el gesto, lo iba a hacer bien.

La pedí. Desde aquí. No como hincha. Como ciudadana.

Porque hay momentos en que el futuro de un país se está jugando de verdad, y uno siente la necesidad de hacer algo, aunque sea pequeño, aunque sea simbólico. Y a veces lo más simbólico resulta ser también lo más concreto: ponerse algo encima que diga, sin necesidad de más palabras, en qué lado uno está.

No en el lado de un candidato. En el lado de la libertad. Que no es lo mismo, aunque a veces los confundan.

Y aquí es donde uno debería detenerse a pensar. Si esto empieza con una camiseta —una prenda que cualquiera puede comprar en cualquier tienda del país— ¿qué sigue? ¿Qué será lo próximo que no se puede usar, decir, mostrar, defender? Las libertades no se pierden de golpe. Se van recortando de a poco, con medidas que parecen pequeñas, casi razonables, hasta que un día uno mira alrededor y ya no reconoce el espacio que queda.

Colombia está eligiendo. No solo un presidente. Está eligiendo qué clase de país quiere ser. Y a veces esa elección se aclara en los momentos más inesperados: en un despacho judicial que prohíbe una camiseta, y en la respuesta silenciosa de un país entero que sale a ponérsela.

Eso es suficiente para saber de qué se trata esto.


El problema nunca fue la camiseta. El problema es que los símbolos, cuando se fuerzan demasiado, dejan de obedecer. Se escapan. Se contaminan de calle, de gente, de significados que nadie planeó. Y cuando eso pasa, ya no hay tribunal que los devuelva a su estado original.

Así que aquí estoy. Colombiana en el exterior. Con mi camiseta oficial en camino. Lista para ponérmela.

No por el fútbol.

Por lo otro.